Nota: No logro darle un nombre a este trozo de historia, y le digo trozo pues el lector se percatara de que esta incompleta, pero la he llevado tan lejos como me he atrevido y tan lejos como mi ignorancia me lo ha permitido. Espero que se pueda disfrutar.
PD: Esta es la canción que escuchaba al escribir y siento que he manchado el trabajo del maestre beethoven al escribir este lamentable intento de relato erótico.
Irrumpieron en la
oscura habitación del motel con tal estrépito que los dos se vieron arrastrados
a recordar el momento en que sus vidas habían chocado, el fuego del primer
impacto estaba tan muerto y enterrado que les resultaba ridículo el haber tan
siquiera considerado el estar juntos. Ella arrojo su bolso a una silla con tan
mal a suerte que este cayo al suelo, los preservativos se desperdigaron por el
suelo, el único rastro que quedaba de los últimos billetes con los que contaba.
- Quítate la ropa -
Mas tardo el en terminar
la frase que la palma de ella en encontrar su mejilla y voltearle la cara de un
firme golpe
- Que te den -
Él le escupió en el
rostro, algo de sangre cayo junto a la saliva, asqueada ella retrocedió.
- No, eso te tocara a
ti -
Un empujón, un
movimiento y una maldición después él se encontraba sobre ella, los resortes
chillaron bajo el peso de sus cuerpos envejecidos por el paso de tantas parejas
igual o más violentas. Sus dedos rasgaron su ropa y ella sintió su corazón acelerarse
al sentir el roce de en su piel, cortando su cordura como el hierro al rojo vivo.
- No esta vez -
El frio acero corto la
piel de el, su cuello fue decorada con el carmesí, el se detuvo y la miro
saboreando la fiereza de sus ojos tan afilados como la navaja que sus finos
dedos sostenían, temeroso de pasar saliva y morir con la erección que se
pobremente ocultaban sus pantalones caqui.
- No te atreverías -
Dijo el derrumbando el silencio con su brusca voz.
- Si me atrevo - La
navaja avanzo, el dejo de respirar por la adrenalina, ella sintió como la erección
acariciaba firmemente sus muslos.
- No lo harás - El replico
intentando tomar su mano, el cuchillo avanzo, sintió el corte hacerse más profundo
y sus pantalones se tornaron aun mas apretados.
- ¿Por qué no? - Ella sonreía
y el la maldecía como la zorra que era.
- Tu también quieres
esto - El avanzo, sus manos agarron el culo de ella y empezaron a manosearlo
con descaro estrechándola contra la erección, ella disfruto del roce y su
cuerpo ardía desde la pelvis hasta sus senos que demandaban ser devorados.
- Si, lo quiero - El
cuchillo cayo, el sonrió victorioso.
- Pero tu serás al que
le den - La navaja se clavó en el costado de él, un grito de dolor y después se
desplomo en la cama hecho un maltrecho ovillo de quejidos. Ella lo obligo a
acostarse boca arriba.
- Se un hombre - Ella
lo monto, atrapando su pelvis entre sus piernas y frotándose contra una erección
moribunda. - ¿Tan rápido perdiste el arranque? - Con sus uñas ella rasgo la
camisa de el y empezó a frotarse contra su pecho, sus lengua recorrio sus pectorales
hasta probar la sangre de su cuello, cuando llego a sus a labios y probo de
nuevo su lengua el ya estaba duro como la piedra.
- Eres una zorra - Dijo
el asqueado una vez su boca fue liberada.
- Morirás por una zorra
- Replico ella con burla mirándole con
soslayo desde la altura.
- No merezco otra
muerte - El se levanto, sintió la navaja revolverse en su costado sus piernas
estaban paralizadas por el dolor, pero sus labios estaban perdidos en los de
ella, su saliva era dulce como la miel, su lengua recordó cada rincón de su
boca hasta ser atrapada entre sus dientes. Grito de dolor por segunda vez esa
noche, su boca se lleno de un sabor cobrizo, se separo de ella y observo sus
labios decorador por el rojo de la sangre resaltada sobre el lienzo blanco que
era su piel, su afilada sonrisa le hacían preguntarse si hubiera sido menos
peligroso el haber besado una navaja.
Desgarro la camisa de
ella y su corazón salto al observar sus perfectos senos rebotando bajo la tenue
luz azulada de la habitación, el deseo no tardo en apoderarse de sus manos y
estrujarlo entre sus dedos. Ella jimio entre el dolor y la satisfacción, le
observo mordiendo sus pezones, su diestra lengua recorriendo sus senos y sus
manos bajando hasta su sexo, cada roce los fundía en un ser forjado por el
deseo irracional. Sus dedos llegaron a la entrada de su sexo, tentándola,
recorriendo sus labios y amenazando con atraviesas las puertas pero sin llegar
nunca a hacerlo, ella se mordió los labios, mientras la pasión amenazaban con
enloquecerla. Y ella se dejó enloquecer.
- Sin juegos - Un
tercer grito de dolor, ella retorció la navaja abriendo la herida, casi se arrepintió
de hacerlo cuando las manos de él se detuvieron, pero sentir el frio de la habitación
en sus erectos pezones le daba un placer que solo los exhibicionistas podían disfrutar.
- Zorra - La navaja se abrió
paso entre la carne.
- Bastardo -
Ella retiro la navaja,
un cuarto grito, levanto su falda y le dejo observar mientras cortaba su ropa
interior y la dejaba a un lado. El observo embelesado su vagina, la conocía tan
bien que aun a través de la oscuridad le parecía poder ver el tono rosado,
deseo arrancarle con los dientes los bello que decoraban su clítoris. Ella
avanzo, lentamente, volviendo sobre si misma y frotándose sobre el pecho
desnudo de él hasta llegar a su rostro. Le miro, parecia un niño que miraba
tras el mirador de una tienda el caramelo que quería, coloco la navaja entre sus
labios, la hoja estaba tibia por la sangre que de ella se derramaba sobre su
sexo.
- Pruébate - Dijo ella
arrogante. Él obedeció. Ella estuvo tentada a cortar le la lengua, pero eso sería
un desperdicio. Un rayo atravesó su cuerpo, desde su vulva hasta su cabeza que
se perdía en la neblina de placer, atrapada en la realidad por el fuego que la derretía
por dentro, la diestra lengua de él conocía cada uno de sus rincones y los
gemidos de ella le guiaban, ella empezó a moverse, deseando que su lengua
entrara hasta lo más profundo, fallándose su rostro, mientras él jugaba con sus
labios y probaba su clítoris. La mano de ella, casi sin percatarse de ello, le
desabrocho los pantalones y empezó a masturbarlo, deseando de tenerlo dentro de
una vez, pero de hacerlo, por ese segundo en el que se separaran, sentía que la
locura se apoderaría de ella. Un gemido y un escalofrió que subió por su
espina. Luego quietud, ella busco la mirada de el con premura y reproche.
- Déjame meterlo - Su voz
demandaba clemencia. Ella se la otorgo.
No tomo más que un
brillo en sus ojos en aprobación para
que él se liberara y la colocara debajo de él, la observo recostada sobre las
sabanas manchadas en sangre, el tétrico marco le venía de maravilla a la
deliciosa arpía. Él la abrió de piernas y coloco su pene a la entrada, frotándose
contra ella. Un certero golpe en la herida aun sangrante lo hicieron perder el
aire.
- Sin provocar - Dijo
ella imperiosa.
- Sin asesinar - Dijo el
con burla.
Su mano busco el cuello
de ella y apretó, las manos de ella agarraron las sabanas, sus rostros se
acercaron, los labios de él devoraron el cuello de ella hasta la cúspide de sus
senos y todo el camino de vuelta acompañados por la incesante sensación de su
duro pene frotándose contra su vagina, la mente de ambos estaba nublada,
estaban tan cerca que podían sentir el corazón del otro retumbando, golpeando
con una fuerza que parecía imposible.
Ella perdida en el calor que había entre sus piernas que parecían el 3er
círculo del infierno, plagado de lujuria y deseo. El disfrutaba cada roce con
su piel, saboreándola como si fuera la primera y la última vez, perdiéndose en
el calor de su piel y el fino tacto de esta en sus labio, tomo su cabeza y sus
dedos se enredaron entre sus rizos negros, subio por su cuello y llego a sus oídos
y un - Te amo - acaricio su mente como la más delicada de las canciones.
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