sábado, 9 de julio de 2016

Me cago en dios

Nota: No logro darle un nombre a este trozo de historia, y le digo trozo pues el lector se percatara de que esta incompleta, pero la he llevado tan lejos como me he atrevido y tan lejos como mi ignorancia me lo ha permitido. Espero que se pueda disfrutar.

PD: Esta es la canción que escuchaba al escribir y siento que he manchado el trabajo del maestre beethoven al escribir este lamentable intento de relato erótico.



Irrumpieron en la oscura habitación del motel con tal estrépito que los dos se vieron arrastrados a recordar el momento en que sus vidas habían chocado, el fuego del primer impacto estaba tan muerto y enterrado que les resultaba ridículo el haber tan siquiera considerado el estar juntos. Ella arrojo su bolso a una silla con tan mal a suerte que este cayo al suelo, los preservativos se desperdigaron por el suelo, el único rastro que quedaba de los últimos billetes con los que contaba.

- Quítate la ropa -

Mas tardo el en terminar la frase que la palma de ella en encontrar su mejilla y voltearle la cara de un firme golpe

- Que te den - 

Él le escupió en el rostro, algo de sangre cayo junto a la saliva, asqueada ella retrocedió.

- No, eso te tocara a ti -

Un empujón, un movimiento y una maldición después él se encontraba sobre ella, los resortes chillaron bajo el peso de sus cuerpos envejecidos por el paso de tantas parejas igual o más violentas. Sus dedos rasgaron su ropa y ella sintió su corazón acelerarse al sentir el roce de en su piel, cortando su cordura como el hierro al rojo vivo.

- No esta vez -

El frio acero corto la piel de el, su cuello fue decorada con el carmesí, el se detuvo y la miro saboreando la fiereza de sus ojos tan afilados como la navaja que sus finos dedos sostenían, temeroso de pasar saliva y morir con la erección que se pobremente ocultaban sus pantalones caqui.

- No te atreverías - Dijo el derrumbando el silencio con su brusca voz.

- Si me atrevo - La navaja avanzo, el dejo de respirar por la adrenalina, ella sintió como la erección acariciaba firmemente sus muslos.

- No lo harás - El replico intentando tomar su mano, el cuchillo avanzo, sintió el corte hacerse más profundo y sus pantalones se tornaron aun mas apretados.

- ¿Por qué no? - Ella sonreía y el la maldecía como la zorra que era.

- Tu también quieres esto - El avanzo, sus manos agarron el culo de ella y empezaron a manosearlo con descaro estrechándola contra la erección, ella disfruto del roce y su cuerpo ardía desde la pelvis hasta sus senos que demandaban ser devorados.

- Si, lo quiero - El cuchillo cayo, el sonrió victorioso.

- Pero tu serás al que le den - La navaja se clavó en el costado de él, un grito de dolor y después se desplomo en la cama hecho un maltrecho ovillo de quejidos. Ella lo obligo a acostarse boca arriba.

- Se un hombre - Ella lo monto, atrapando su pelvis entre sus piernas y frotándose contra una erección moribunda. - ¿Tan rápido perdiste el arranque? - Con sus uñas ella rasgo la camisa de el y empezó a frotarse contra su pecho, sus lengua recorrio sus pectorales hasta probar la sangre de su cuello, cuando llego a sus a labios y probo de nuevo su lengua el ya estaba duro como la piedra.

- Eres una zorra - Dijo el asqueado una vez su boca fue liberada.

- Morirás por una zorra - Replico ella con burla mirándole  con soslayo desde la altura.

- No merezco otra muerte - El se levanto, sintió la navaja revolverse en su costado sus piernas estaban paralizadas por el dolor, pero sus labios estaban perdidos en los de ella, su saliva era dulce como la miel, su lengua recordó cada rincón de su boca hasta ser atrapada entre sus dientes. Grito de dolor por segunda vez esa noche, su boca se lleno de un sabor cobrizo, se separo de ella y observo sus labios decorador por el rojo de la sangre resaltada sobre el lienzo blanco que era su piel, su afilada sonrisa le hacían preguntarse si hubiera sido menos peligroso el haber besado una navaja.

Desgarro la camisa de ella y su corazón salto al observar sus perfectos senos rebotando bajo la tenue luz azulada de la habitación, el deseo no tardo en apoderarse de sus manos y estrujarlo entre sus dedos. Ella jimio entre el dolor y la satisfacción, le observo mordiendo sus pezones, su diestra lengua recorriendo sus senos y sus manos bajando hasta su sexo, cada roce los fundía en un ser forjado por el deseo irracional. Sus dedos llegaron a la entrada de su sexo, tentándola, recorriendo sus labios y amenazando con atraviesas las puertas pero sin llegar nunca a hacerlo, ella se mordió los labios, mientras la pasión amenazaban con enloquecerla. Y ella se dejó enloquecer.

- Sin juegos - Un tercer grito de dolor, ella retorció la navaja abriendo la herida, casi se arrepintió de hacerlo cuando las manos de él se detuvieron, pero sentir el frio de la habitación en sus erectos pezones le daba un placer que solo los exhibicionistas podían disfrutar.

- Zorra - La navaja se abrió paso entre la carne.

- Bastardo -

Ella retiro la navaja, un cuarto grito, levanto su falda y le dejo observar mientras cortaba su ropa interior y la dejaba a un lado. El observo embelesado su vagina, la conocía tan bien que aun a través de la oscuridad le parecía poder ver el tono rosado, deseo arrancarle con los dientes los bello que decoraban su clítoris. Ella avanzo, lentamente, volviendo sobre si misma y frotándose sobre el pecho desnudo de él hasta llegar a su rostro. Le miro, parecia un niño que miraba tras el mirador de una tienda el caramelo que quería, coloco la navaja entre sus labios, la hoja estaba tibia por la sangre que de ella se derramaba sobre su sexo.

- Pruébate - Dijo ella arrogante. Él obedeció. Ella estuvo tentada a cortar le la lengua, pero eso sería un desperdicio. Un rayo atravesó su cuerpo, desde su vulva hasta su cabeza que se perdía en la neblina de placer, atrapada en la realidad por el fuego que la derretía por dentro, la diestra lengua de él conocía cada uno de sus rincones y los gemidos de ella le guiaban, ella empezó a moverse, deseando que su lengua entrara hasta lo más profundo, fallándose su rostro, mientras él jugaba con sus labios y probaba su clítoris. La mano de ella, casi sin percatarse de ello, le desabrocho los pantalones y empezó a masturbarlo, deseando de tenerlo dentro de una vez, pero de hacerlo, por ese segundo en el que se separaran, sentía que la locura se apoderaría de ella. Un gemido y un escalofrió que subió por su espina. Luego quietud, ella busco la mirada de el con premura y reproche.

- Déjame meterlo - Su voz demandaba clemencia. Ella se la otorgo.

No tomo más que un brillo en sus ojos en  aprobación para que él se liberara y la colocara debajo de él, la observo recostada sobre las sabanas manchadas en sangre, el tétrico marco le venía de maravilla a la deliciosa arpía. Él la abrió de piernas y coloco su pene a la entrada, frotándose contra ella. Un certero golpe en la herida aun sangrante lo hicieron perder el aire.

- Sin provocar - Dijo ella imperiosa.

- Sin asesinar - Dijo el con burla.

Su mano busco el cuello de ella y apretó, las manos de ella agarraron las sabanas, sus rostros se acercaron, los labios de él devoraron el cuello de ella hasta la cúspide de sus senos y todo el camino de vuelta acompañados por la incesante sensación de su duro pene frotándose contra su vagina, la mente de ambos estaba nublada, estaban tan cerca que podían sentir el corazón del otro retumbando, golpeando con una fuerza que parecía imposible.  Ella perdida en el calor que había entre sus piernas que parecían el 3er círculo del infierno, plagado de lujuria y deseo. El disfrutaba cada roce con su piel, saboreándola como si fuera la primera y la última vez, perdiéndose en el calor de su piel y el fino tacto de esta en sus labio, tomo su cabeza y sus dedos se enredaron entre sus rizos negros, subio por su cuello y llego a sus oídos y un - Te amo - acaricio su mente como la más delicada de las canciones.

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